viernes, 25 de noviembre de 2011

Descripción de L.R.

LR. es una joven que tiene unos hermosos ojos marrones. No destacan por su forma o color, lo que los hace realmente especiales es que mediante ellos transmite todas sus emociones, sobre todo su inmensa alegría al ver a las personas que la aprecian. Al  igual que en ellos también se puede ver con gran facilidad sus tristezas e inseguridades porque aunque ella normalmente no quiere que la gente se preocupe por ella, es imposible no ver que se siente mal simplemente con ver esos ojos tan expresivos.

Es una chica feliz, por lo que casi siempre está mostrando su bonita sonrisa. No tiene vergüenza a mostrar sus dientes que, aunque un poco movidos hacia delante y con unas pequeñas manchas, hacen que su sonrisa sea casi perfecta. Tiene diferentes tipos de sonrisas: de comprensión, de felicidad, de incomodidad... si no la conoces todas te parecerán iguales, pero una vez que tienes confianza con ella las diferencias fácilmente.

Su cara redonda, a la que parece que nunca cogió el sol, suele estar un poco oculta tras su pelo marrón ondulado o liso dependiendo de su humor y sus ganas de prepararse. Si lo lleva recogido en un moño se ve todo su rostro y se nota más la expresión de sus ojos.

Don Fermín.

Don Fermín era un hombre con una tez muy blanca que se sonrojaba con facilidad. Tenía unos extraños ojos verdes indescifrables. Tendría una cara muy bella a no ser por su nariz deforme que afeaba notablemente su rostro. Poseía una gran barba que cubría sus finos y pequeños labios. Tenía un cuerpo muy musculoso.
Era muy vergonzoso y toda su expresividad se transmitía a  través de su cara.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Descripción del Magistral (Clarín)

De Pas no se pintaba. Más bien parecía enyesado (esta comparación significa que tenía la piel muy blanca). En efecto, su piel blanca tenía los reflejos de la escayola (compara su piel con la blancura de este material). En las mejillas, un tanto avanzadas, bastante para dar energía y expresión característica al rostro, sin afearlo, había un ligero encarnado que a veces tiraba al color del corbatín y de las medias (compara el enrojecimiento de los pómulos con el alzacuellos y las medias). No era pintura, ni el color de la salud, ni divulgador del alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de atasco también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo ( las palabras de amor le producen una gran emoción) . 

En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de tabaco ( sus ojos tienen manchas color verde oscuro) , lo más notable era la suavidad de algas (el color de los ojos era verde claro) ; pero en ocasiones, de en medio de aquella gordura pegajosa salía un resplandor punzante (solía tener los ojos apagados pero aveces se podía ver un brillo especial en ellos) , que era una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas (era muy extraño y te hacía daño). Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco; pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola con el telón carnoso de unos párpados anchos (cerraba los ojos), gruesos, insignificantes, como es siempre la carne informe. 

La nariz larga, recta, sin corrección ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto (nariz grande y deforme). Aquella nariz era la obra muerta en aquel rostro todo expresión (lo único que afeaba su cara era la nariz), aunque escrito en griego, porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y pensaba (era muy difícil descifrar su expresión)

Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir (tenía demasiada barba), amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta de la nariz blanda. Por entonces no daba al rostro este defecto apariencias de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en cobarde hipocresía y anuncia frío y calculador egoísmo. Podía asegurarse que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y alborotada semejaba el candado de aquel tesoro (la barba ocultaba su hermosa cara).

La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de fuertes músculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y extremidades del fornido magistral, que hubiera sido en su aldea el mejor jugador de bolos, el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el más apuesto vagabundo de Vetusta.